Por qué el cerebro adulto sigue cambiando
Durante mucho tiempo se creyó que, tras la pubertad, el cerebro solo podía perder: células que mueren con la edad y daños como los de una apoplejía. Lara Boyd explica que hace unos 25 años los estudios empezaron a mostrar una reorganización notable en el cerebro adulto. La investigación posterior indica que todos nuestros comportamientos modifican el cerebro, y que esos cambios no dependen de la edad.
Esto tiene una consecuencia práctica. La reorganización cerebral también ayuda a recuperarse después de un daño. Dicho de otro modo, la capacidad de mejorar no se cierra en la juventud, aunque sí varía según la persona y lo que haga con su tiempo.
Tres formas en que el cerebro se adapta al aprender
Boyd describe tres mecanismos que se combinan durante el aprendizaje:
- Química: las neuronas se transmiten señales y el cerebro puede aumentar su concentración. Es un cambio rápido, ligado a la memoria a corto plazo y a mejoras inmediatas en una habilidad motora.
- Estructural: cambian las conexiones entre neuronas. Es un proceso más lento y está relacionado con la memoria a largo plazo.
- Funcional: cuanto más usas una región, más excitable se vuelve y más fácil le resulta activarse.
La autora subraya que estos procesos se dan juntos y no de forma aislada. Por eso, aprender de verdad exige que los tres trabajen a la vez, y no basta con una sensación de progreso en el momento.
“Cada vez que aprendes un nuevo dato o habilidad, cambias tu cerebro.”
Por qué lo practicado ayer se olvida hoy
Boyd propone un ejemplo que casi todos reconocerán: alguien toca el piano o hace malabares, mejora de forma visible en una sesión y piensa que ya lo tiene. Al día siguiente, buena parte de esa mejora ha desaparecido. Según la autora, en la primera sesión el cerebro logra aumentar las señales químicas, pero no llega a producir los cambios estructurales que sostienen la memoria a largo plazo.
La lección es sencilla: lo que notas a corto plazo no es, por sí solo, aprendizaje. La consolidación necesita tiempo y repetición, y la práctica distribuida a lo largo de varios días es la que permite que los cambios físicos se asienten.
El comportamiento como motor del cambio
La conclusión más clara de Boyd es que el mejor conductor del cambio neuroplástico es el comportamiento. El problema es que la dosis necesaria es enorme. Aprender o reaprender una habilidad motora exige mucha práctica, y dirigirla de forma eficaz es, en sus palabras, un problema difícil y caro.
Su grupo de investigación trabaja con terapias que preparan el cerebro para aprender, como simulaciones, ejercicio y robótica. Pero el hallazgo que más le importa va en otra dirección: no hay atajos. Como dice la autora, nada es más efectivo que la práctica, y la neuroplasticidad funciona en ambos sentidos, tanto para mejorar como para empeorar. Olvidar lo que sabías, desarrollar una adicción o sufrir dolor crónico también son formas de cambio cerebral.
Cómo subir el nivel de tu práctica
Uno de los resultados más útiles del estudio de Boyd es que aumentar la dificultad durante la práctica favorece tanto el aprendizaje como el cambio estructural. Repetir siempre lo que ya dominas genera poco cambio. Para aprovechar la práctica conviene trabajar justo en el límite de lo que puedes hacer con esfuerzo.
- Añade una restricción: más velocidad o menos tiempo.
- Pasa a un caso más complejo.
- Introduce variaciones que te obliguen a corregir tus errores.
Esta idea conecta con el hecho de que el cerebro se modifica con todo lo que hace y también con lo que deja de hacer.
Por qué no existe una receta única
Boyd reconoce que, como investigadora, la variabilidad entre personas la desespera, porque complica las estadísticas. Sin embargo, en su trabajo con pacientes de ictus ha descubierto que esa variabilidad es precisamente el dato más informativo que han recogido. Los patrones de neuroplasticidad cambian de una persona a otra.
De ahí su crítica a la creencia popular de que dominar algo requiere 10.000 horas de práctica. Para algunos bastan muchas menos y para otros hacen falta muchas más. La autora defiende la medicina personalizada, en la que cada paciente recibe la intervención que mejor encaja con su perfil, como ya ocurre en algunos tratamientos del cáncer.
Biomarcadores y aprendizaje personalizado
Boyd llama biomarcadores a ciertas características medibles de la estructura y la función cerebral. Su laboratorio ha observado que una combinación de biomarcadores predice mejor el cambio neuroplástico y los patrones de recuperación que un solo indicador. Aunque el dato procede de pacientes con ictus, la autora sostiene que la lógica se aplica a cualquier persona.
La consecuencia que propone es el aprendizaje personalizado: el comportamiento y la forma de aprender de cada uno influyen en el resultado. Eso ayuda a entender por qué algunos niños prosperan en la educación tradicional y otros no, o por qué a unos les cuesta un idioma y a otros, un deporte.
Cómo aprender mejor a partir de la neurociencia
Boyd cierra con una pauta práctica. Conviene observar cómo y qué aprendes mejor, repetir los hábitos que son sanos para el cerebro y romper los que no lo son. El aprendizaje se basa en hacer el trabajo que el cerebro necesita, y las estrategias más útiles varían entre personas e incluso dentro de una misma persona: aprender música puede resultar fácil mientras que el snowboard cuesta mucho más.
La frase final resume su tesis: todo lo que haces, todo lo que te rodea y todo lo que experimentas moldea el cerebro, para mejor o para peor. Por eso, según la autora, conviene decidir activamente qué cerebro quieres construir.
3 tips on how to study effectively